Al-Andalus: acotaciones arabistas sobre un concepto en la Historia

María Jesús Viguera Molins
Real Academia de la Historia y Universidad Complutense de Madrid
Alejandro Pérez Ordóñez
Profesor, arqueólogo e intérprete del patrimonio histórico

Nota aclaratoria
El presente texto es una adaptación, realizada por Alejandro Pérez Ordóñez, de un estudio de María Jesús Viguera Molins en el que se analizan en paralelo y de forma complementaria los conceptos históricos de “Al-Andalus” y “Reconquista” desde los presupuestos del arabismo (Viguera, 2022; 2023); aquí se han extractado las acotaciones concernientes al primero de ellos y se ha modificado parcialmente el texto original para adecuarlo a su nueva condición.

Con este artículo se inaugura una nueva serie dentro de la revista digital Al-Ándalus, Arqueología e Historia, denominada “Espacios de Al-Ándalus en textos árabes”, con la participación de María Jesús Viguera Molins, Profesora Emérita de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Complutense y Académica de Número de la Real Academia de la Historia.

1. Preludio
Al-Andalus constituye una entidad histórica cardinal desde la Edad Media, cuando ocurrió, hasta su proyección presente, recorriendo siglos y todo tipo de planteamientos y controversias, que prueban la trascendencia del concepto, pues en torno a él y su relación con Spania > España, se enclavan fundamentos identitarios, para dirimir dos realidades (políticas, religiosas, culturales) diferentes, que interpusieron variadas relaciones, entre ellas las confrontaciones y la ideología reconquistadora. Sobre esto existen, empezando por trabajos sobre las fuentes medievales, cuantiosas publicaciones, inabarcables en esta síntesis, la cual se apoya en los elementos más representativos, citando bibliografía que también califique el estado de algunas de las muy diversas cuestiones implicadas, y permita seguirsus antecedentes y desarrollos.

2. “Al-Andalus”, un préstamo arabizado
 “Al-Andalus” fue un término innovado, dado que no fue heredado de la Antigüedad sino que surge de la conquista islámica de la península Ibérica en 711. Los nombres suelen nacer cuando nacen los hechos que designan, y se enlazan con varias relaciones, cuyas estrategias, más o menos ideologizadas, descubren connotaciones políticas y mentales, fundamentales también en el conjunto de la Historia, cuyo planteamiento activó el libro de Michel de Foucault, Les Mots et les choses: Une archéologie des sciences humaines (1966; trad. 1968), interesándonos sobre todo el capítulo III de ese libro, sobre el “Representar”, donde se plasma este axioma que nos concierne (Foucault, 1968: 65 y 68): “un signo puede ser natural (como el reflejo en un espejo designa lo que refleja) o de convención (como una palabra puede significar una idea para un grupo de hombres)”.

2.1. Aparición, etimología, concepto y aplicaciones de “Al-Andalus”
Al-Andalus fue un nombre nuevo referido a una entidad política nueva, que fue utilizado para designar la península Ibérica desde la conquista islámica, apareciendo tanto en los textos árabes escritos desde mediados del siglo IX, como en objetos (por ejemplo, monedas y precintos) desde principios del siglo VIII.

Sello de al-Ḥurr (agosto 716-marzo/abril 719), con el epígrafe “Ha ordenado al-Ḥurr el reparto en Al-Andalus”. Museo Histórico Municipal de Écija (Sevilla).

2.1.1. En precintos, desde la conquista islámica
Encontramos un inicial uso gráfico del nombre “Al-Andalus” en precintos de plomo que, desde finales del siglo XX (Ibrahim, 1987), y sobre todo durante la segunda y tercera décadas del siglo XXI, vienen documentándose en hallazgos y estudios sistemáticos, cuya continua progresión merece ser distinguida (Ibrahim, 2011, 2017, 2021; Gaspariño e Ibrahim, 2019; Ibrahim y Gaspariño, 2016, 2022; Agüera, 2020; Sénac e Ibrahim, 2017 y 2023; Delgado, 2020), pues han incorporado los valiosos testimonios históricos de estas piezas, hasta ahora desconsideradas por sus características: tamaño reducido, material de plomo, y con epígrafes en general deteriorados y dificultosos de interpretar. Se trata de sellos de plomo que precintaban un documento o un objeto. Los casi 150 precintos hasta ahora estudiados, en grafía cúfica arcaica, nombran a algunos gobernadores, incluso a ´Abd al-Raḥmān I, lugares, pactos, ŷihād, pago de tributos y reparto de botín. Ahí surgió el nombre de Al-Andalus.

Añadidos a las monedas y textos desde antes conocidos (Ibrahim, 2011; 2021; Guichard y Sénac, 2020; Pliego e Ibrahim, 2021), los precintos constituyen una tercera tipología de fuentes que permiten avanzar en el esclarecimiento de una época difícil de esclarecer, los comienzos de Al-Andalus. Los precintos presentan este nombre desde comienzos del siglo VIII, en referencias como “reparto en Al-Andalus” (qasm al-Andalus), y “lícito en Al-Andalus” (ŷawāz bi-l-Andalus) (Sénac e Ibrahim, 2017: 72-73 y 2023: 30, 32, 107-109, 135-142, 169-171; Agüera, 2020: 25-26). Destaca uno con epígrafe: “Ha ordenado al-Ḥurr el reparto en Al-Andalus” (Amara al-Ḥurr [bi-]qasm al-Andalus), que permite fecharlo en tiempos de ese valí al-Ḥurr (en Al-Andalus desde agosto de 716 hasta 719) (Martín Escudero, Campos López y Romo Salas, 2024: 459); esa frase fue sobreimpresa en otro precinto anterior, que podría adjudicarse a tiempos del gobierno de ´Abd al-´Azīz (714-marzo 716), hijo y sucesor del conquistador y primer gobernador de Al-Andalus Mūsà b. Nuṣayr, como enseguida comentaremos.

2.1.2. En monedas: los dinares bilingües: Al-Andalus/Spania
Las concisas leyendas de los precintos documentan aspectos de la organización tributaria y administrativa del poder araboislámico en Al-Andalus tras la conquista, y cómo ese nombre designaba el espacio de ese poder, que desde Mūsà ibn Nuṣayr empezó sus acuñaciones en latín, con ceca SPaNia (93-95 H./712-714 C.), hasta aparecer la ceca Al-Andalus en las acuñaciones bilingües latino-árabes del año 98 de la Hégira [716-717 C.]. Estos dinares llevan inscripción latina en el anverso: FERITUS SOLIdus IN SPaNia ANno XCV[III] («fue acuñado este sólido en Spania, año XCV[III]», y, en el reverso, su equivalente en árabe: ḍuriba hādā l-dīnār bi-l-Andalus sanata tamān wa-tis´īn («fue acuñado este dinar en Al-Andalus, año 98 [de la Hégira»]).

Dinar transicional bilingüe, año 98 H./716-717 d.C. Museo Arqueológico Nacional (Madrid), sala 23, vitrina 12.

Estos “dinares bilingües” (Ariza, 2016), de los que quedan algunos ejemplares, entre ellos una veintena en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid), incorporaban el nombre de Al-Andalus utilizado algo antes en los precintos, y precisando en sus leyendas numismáticas varias equivalencias y traspasos: de SPAN[ia] > Al-Andalus, de latín > árabe, y en el tipo de moneda (SOLI[dus] > Dīnār), aunque la fecha sólo por la Era Islámica, tanto en números romanos como en letras árabes (año [Hégira] 98 / AN[no] XCVIII), resulta una significativa imposición de la nueva Era, documentada en otros lugares desde primeros tiempos de la expansión islámica. Llevan una estrella que podría simbolizar a Hesperia (Esperus, lucero de Poniente), indicación territorial paralela a Al-Andalus. También incluyen el lema religioso “Muḥammad es el Enviado de Allāh”. Estas características referencias aparecen así como un inaugural impulso de la araboislamización, desde la propaganda numismática política y religiosa del poder islámico, en rápido proceso desde lo visigodo a lo andalusí.

El designio oficial del nuevo y temprano nombre es evidente: Al-Andalus empieza por señalar una equivalencia territorial con Spania, y la potencia del nuevo nombre lo mantuvo como ceca desde 720-721 hasta su sustitución por Madīnat al-Zahrā’ (928-1013); luego fue Al-Andalus la ceca prioritaria hasta finales del emirato nazarí. Esto nos permite valorar la relación entre el nombre de Al-Andalus y el poder araboislámico, y sitúa esa denominación entre los actos fundadores de su Estado en la península Ibérica, con sustitución explícita en aquella acuñación bilingüe, cuyas propagandísticas leyendas extractan las referencias políticas, religiosas y culturales de Al-Andalus, y su entidad; la moneda es la marca del Estado.

Debemos considerar, para valorar los testimonios numismáticos andalusíes, que su bilingüismo latino-árabe en el año 716-717 ya había ocurrido en monedas del Magreb, entre 715 y 718. Un precedente considerable fue la acuñación en griego y en árabe por los califas Omeyas de Oriente durante la segunda mitad del siglo VII, dándose en otras convergencias socioculturales como el árabe y el pahlavi en las monedas árabe-sasánidas (695-705), y en posteriores acuñaciones bilingües y trilingües ya no en al-Andalus (Pina, 2010), marco general en el cual deben calibrarse las monedas latino-árabes andalusíes, con su trascendental novedad de SPAN[ia] > Al-Andalus.

3. Al-Andalus: territorio peninsular y territorio araboislámico
Los textos árabes aplican Al-Andalus al espacio peninsular araboislámico, pero también a toda la península Ibérica, como término geográfico, pese a que, abarcando lo político, económico, cultural, religioso y social, sólo incluyera lo andalusí. En los primeros siglos, los cristianos andalusíes y septentrionales reivindicaron la denominación de Hispania o Spania, y así, aferrados a este apelativo posesivo, llamaban también a Al-Andalus, neologismo arabizado que, como veremos, no aparece en textos latinos y romances hasta avanzado el siglo XII.

No consta que en árabe existiera el nombre de “Al-Andalus” antes de aparecer inscrito en monedas y precintos andalusíes desde la segunda decena del siglo VIII. Su utilización presenta la singularidad y la trascendencia de cortar con los nombres previos de la Península, y sobre todo con el visigodo de Spania, frente a las algo anteriores y paralelas acuñaciones norteafricanas, en la zona este del Magreb, que conservaron el nombre latino de AFRiKa, luego adaptado como Ifrīqiya, pero no sustituido.

3.1. Circunstancias y sentido del nuevo nombre
“Al-Andalus” (الأندلس) o “la península/isla de Al-Andalus” (جزيرة الأندلس) pudo surgir en Oriente o en el Norte de África o en Al-Andalus, donde podríamos percibir sus razones como una reacción de independencia local o freno a aspiraciones continuistas visigodas, ante las cuales el poder andalusí impusiera, además de sus rasgos araboislámicos, un cambio de nombre.

El citado precinto del valí al-Ḥurr (en Al-Andalus desde agosto de 716), va sobreimpreso en otro quizás del gobierno de ´Abd al-´Azīz (714-marzo de 716), hijo del conquistador Mūsà ibn Nuṣayr (en al-Andalus, entre 712 y 714), y a quien podría adjudicársele el precinto original. Tawfiq Ibrahim propone que, en el precinto base, ´Abd al-´Azīz utilizaría el nuevo nombre de Al-Andalus, “como un intento de independizarse de Damasco” (Ibrahim, 2017), intento conectado con sus pretensiones reales y casamiento con la viuda de Rodrigo (Chalmeta [1994] 2003: 138-42, 149, 170-175), objeto de centenaria y cuantiosa bibliografía sobre la conquista, que han analizado otros investigadores (como puede seguirse a través de García Moreno 2013: 290-309, 343-352; García Sanjuán 2013: 400-408; Benhima y Guichard, 2017: 108). Es la manera de situar el nuevo nombre en sus circunstancias históricas.

Yabal Mūsà (Marruecos).

Esa posibilidad explicativa sobre la innovación del nombre “Al-Andalus” está interferida por el hecho innegable de que no pueden precisarse las dimensiones de los indicios de soberanía local textualmente adjudicados a los dos primeros gobernadores, Mūsà ibn Nuṣayr y su hijo ´Abd al‑´Azīz (Benhima y Guichard, 2017: 113), y recordemos que la Crónica Mozárabe del 754 (López Pereira, 234) señala cómo al nuevo gobernador al-Ḥurr se le explicó el asesinato de ´Abd al-´Azīz por intentar librarse del “yugo de los árabes” para apropiarse del reino (iugum Arabicum a sua ceruice conaret euertere et regnum inuasum Iberie sibimet retemtare).

3.2.Al-Andalus: denominación geográfica y administrativa
A la luz de los precedentes expuestos, se puede proponer que la adopción del nombre Al-Andalus podría deberse a la iniciativa del conquistador Mūsà ibn Nuṣayr (en Al-Andalus, entre 712 y 714), cuyas actuaciones y personalidad son destacables (García Sanjuán, 2013; Lorenzo y Pastor, 2013: 56-57, n. 2; Benhima y Guichard, 2017), experimentado gobernador y organizador de la fiscalidad, en un contexto de “importación de un sistema tributario en 711”, desde Egipto a Al-Andalus (Lorenzo y Pastor, 2013: 63-65; 68-69), pues todo ese recorrido siguió el cursus honorum de Mūsà, cliente (mawlà) destacado en los círculos omeyas hasta su caída y muerte en Oriente (716‑717), pero antes gobernador de Ifrīqiya y de Al-Andalus, donde aplicaría directrices centralizadas del Islam, pero también se enfrentaría a las aspiraciones “continuistas” de los visigodos colaboradores con los conquistadores, witizanos o rodriguistas, aspiraciones que acaso Mūsà zanjaría trocando incluso nominalmente Spania por Al-Andalus.

Para comprobar el alcance de esta hipótesis que aquí se sugiere habría que conocer las dimensiones de ese colaboracionismo visigodo, sin que nos ofrezca suficientes pistas la “Crónica Mozárabe del 754” acerca de que Mūsà “subyugó el reino de los godos” (López Pereira, 224). Debemos seguir interrogando la contundencia con que aparece Al-Andalus, sustituyendo a Spania, porque ese registro escrito, aplicado como denominación geográfica y administrativa, ocurre dentro de un panorama de incertidumbres, sobre cuándo, quiénes o porqué lo introdujeron desde los primeros años de la conquista, y sobre su procedencia y etimología, que veremos a continuación.

4. Al-Andalus: doce etimologías en conflicto
Es revelador que aún se debata el significado del nombre Al-Andalus, mientras se acumulan sus interpretaciones desde la Edad Media hasta nuestros días, alguna de las cuales muestran las confusiones interpretativas que rodean su historia, sus reflejos y su memoria. Tras cada propuesta etimológica subyace una definición y la ilusión de una apropiación. Veamos un resumen de las etimologías de Al-Andalus conocidas (Viguera,  2021: 826-831), sobre una docena de interpretaciones en torno al célebre topónimo:

1.- Vándalos: desde fuentes medievales latinas hasta la erudición del siglo XIX y parte del XX; ya superada, se intentó justificar a través del beréber: “tamort u-andalos”, ‘tierra de vándalos’.

2.- Anatolé: ‘Oriente, Levante’ en griego;  ‘el territorio sobre el que se alza Hesperus’.

3.– Anda+luz: sustrato prerromano, enlazando con vocablos vascos.

4.- Andalos, del celta Andévalo = ‘grande muralla’.

5.- Atlántida/Atlantidos: término y mito griego; Atlantis, Atlanticum, Atlantidos: Atlántida. Y Atlántico.

6.Ḥandalis, en árabe: ‘tierra de oscuridad’, “regionem vespertinam & tenebrosam, atque etiam Occidentis finem”.

7.- *Land+ahlauts: > landalos ‘tierra de lotes’; etimología goda, retomada en 2004.

8.- *Landlose”: ‘sin tierra’: tribus germánicas establecidas en el sur de Spania, ocupadas las del norte. 

9.- *Landa-luziak, euskera  ‘campo largo’; vascoibérico handi luze/landaluze (‘tierra larga’).

10.- *Ament e-rês > *em-endelês > *al-andalîs: ‘el oeste por el sur’, en copto; transmisión yemení.

11.- Âtar, druídica, relacionada con el mazdeístico ‘fuego sagrado’.

12.- Edén = en árabe ´Adan: ‘Paraíso’.

¿De dónde procede el apelativo Al-Andalus y qué contiene su designación? Pudo surgir en Al-Andalus, en Oriente o en el Norte de África para nombrar a la península del “Atlántico” extendida más allá del Magreb, ¿quizás arabizando alguna voz ibérica, celta, euskera, vasco-ibérica, beréber, copta, siríaca, griega, latina, goda o persa, como se distribuyen las propuestas?, o quizás rescatando la denominación griega Atlantidos, del Atlántico, que parece lo más razonable (Viguera, 2021: 834-837). Pero todas estas posibilidades o disquisiciones etimológicas se han planteado, sin que podamos demostrar, lo cual aportaría algún indicio, la vigencia del nombre de “Al-Andalus” antes de aparecer en precintos y monedas latino-árabes con la correspondencia Spania/al-Andalus.

La mayoría de estas doce etimologías son más o menos excéntricas, alguna resulta más plausible, y pese a ello han funcionado, aunque en distintas medidas, por su capacidad evocadora. Pero el foco de interpretación hay que ponerlo no en intuiciones ni alardes eruditos, sino en aquella concreta situación geohistórica y en los usos toponímicos de los conquistadores musulmanes, quienes, según puede comprobarse, mantuvieron en el «Occidente islámico» (desde Arbūna/Narbonne, o ŷallīqiya/Gallaecia a Ifrīqiyya/África) un alto porcentaje de topónimos previos, aunque no existe otro tan importante ni enigmático como el de Al-Andalus, sombreado por los presupuestos de identificación con los que en ocasiones ha sido planteado su concepto.

Desde finales de la década de 1990 se propone la razonable posibilidad de que el nombre Al-Andalus, a veces precedido de “península”: ŷazīrat al-Andalus, traslade la idea de “isla/península del Atlántico” (hē nésos tēs atlantidos), donde Platón, Plinio, y tantos otros clásicos, situaron la Atlántida, cuyo mito no aparece en la tradición árabe. Pese al amplio legado del Plato Arabus y del conjunto cultural clásico trasvasado al árabe (Viguera, 2021: 837-839), sólo hay dispersos ecos de tierras hundidas desde autores del siglo X, como al-Ṭabarī y al-Mas´ūdī; y el estudio de Salah Ali, “Arabic reference to Plato’s lost Atlantis” (1999) apenas señala coincidencias textuales entre las murallas metálicas de la Atlántida y las de la legendaria “Ciudad de Bronce”.

Parece, pues, más verosímil que Atlantidos lo tomaran ya los árabes como denominación del Atlántico, océano que sí representaría una rotunda realidad geográfica para los conquistadores del siglo VIII, a lo cual debemos añadir la consideración de sus procedimientos políticos y administrativos, pues aquellos primeros testimonios escritos del nombre Al-Andalus en precintos y monedas, sin mantener lo visigodo, en general seguían directrices de los centros políticos del Oriente Omeya y del Magreb, donde la intervención continuada de lo bizantino (con lo greco-latino), puede ser la clave de este nuevo corónimo para la península Ibérica.

4.1. Al-Andalus: Atlantidos. Península del Atlántico
La interpretación del nombre de Al-Andalus como evolución de Atlantidos acentúa la referencia de continuidad territorial pero a la vez de cambios; así vemos, en un capítulo sobre “la Península de Al-Andalus” (Ŷazīrat Al-Andalus), cómo el geógrafo al-Bakrī (m. 1094) en su «Libro de los caminos y de los reinos» (1992: 890), indica los antecedentes toponomásticos, sin siquiera subrayar el corte que el nuevo corónimo arabizado significa:

Se cuenta que antiguamente su nombre era “Iberia” (Ibāriya), por el río Ebro. Luego se llamó “Bética” (Bātiqa), por el Betis, el río de Córdoba. Luego se denominó “Hispania” (Išbāniya), por el apelativo de un hombre que la rigió en tiempos antiguos, nombrado Išbān, aunque también se dice que fue llamada así por los Išbān, cuando se establecieron, en los primeros tiempos, en el reducto del río [Betis] y en sus alrededores. Unos cuantos dicen que su nombre es en realidad “Hesperia” (Išbāriya), así denominada por Hesperus (Bašīrā [sic. por Ašbāruš]), estrella conocida como “la Roja”. Luego recibió el nombre de Al-Andalus, por los (Andalīš) [¿Vándalos/Atlantes?] que la habitaron”.

En este significativo pasaje, muy resaltado (Vallvé, 1967: 252-253; Penelas, 2009; Ducène, 2009: 390-391), y de indudable procedencia isidoriana, merece considerarse cómo transmite al-Bakrī la mítica etimología de cada corónimo, aceptando informaciones antiguas que llegaron a este gran geógrafo onubense del siglo XI a través de fuentes latinas trasvasadas a Al-Andalus, como ha sido comprobado, aunque él añada -o más bien serían sus antecedentes andalusíes, sobre todo al-Rāzī- la conexión entre Al-Andalus con Al-Andalīš, la mayoría de las veces traducido como “Vándalos” (Vallvé, 1995: 83-84; Picard, 1996: 106), sin ser tampoco concluyentes las propuestas de alusión a los pobladores de la Atlántida, como también indicó Vallvé (1995), y ha comentado Elices (2017: 116-118).

Resulta notable que los textos árabes manifiesten así su percepción del conjunto peninsular con sus sucesivas denominaciones hasta llegar a Al-Andalus, aunque tales secuencias no signifiquen una misma identidad histórica, sino más bien lo contrario, según la última frase del “isidoriano” al-Bakrī, porque las fuentes árabes presentan los antecedentes como referencias de prestigio, de modo que Al-Andalus es y no es Isbāniya, idea clave en construcciones ideológicas y dialécticas que conforma las bases mismas de los conceptos confrontados de “Al-Andalus” y “Reconquista”.

Representación cartográfica de Al-Andalus en el Kitāb Rūŷar de al-Idrīsī (1154).

Más allá de los mitológicos Atlantes y de los fugaces Vándalos, parece que la etimología aceptable de Al-Andalus hay que situarla en el conjunto toponímico que incluye referencias tan perceptibles como la cadena montañosa del Atlas y del océano Atlántico, con su imponente situación geográfica tan útil para designar, pues, a “la península del Atlántico”, como hē nésos tēs atlantidos, no exactamente “la isla de Atlantis” del mito platónico “recibido directamente o a través del siríaco *gāzartā d’atlantidos”, según Federico Corriente (1993: 22-23, n. 8; 1999: 214-215), sino como “la Península del Atlántico”, hasta llegar a incorporarse, sin que podamos documentar de qué modo ni por cuáles vías, en los primeros años del siglo VIII, a una Spania que corresponde a Al-Andalus, bien fuera traído ese apelativo desde Oriente, con Damasco como capital califal donde el siríaco servía como uno de los nexos más destacados entre griego y árabe, bien desde el helenizado Egipto, y las latinizadas tierras de Ifrīqiya o del Magreb, o bien surgido en la también latinizada Spania visigoda, resultando implicadas en todo ese gran conjunto espacio-temporal diversas culturas y lenguas, que conectan la Antigüedad tardía con la Edad Media de la expansión araboislámica, como documentan casos posteriores a finales del siglo VII o comienzos del VIII que explican temas y modos de trasvases (García Moreno, 2011: 547; 2020).

4.2. Aplicaciones del nombre de Al-Andalus. Terra Maurorum
Al-Andalus designó, para las fuentes textuales árabes de la Edad Media, en ocasiones el conjunto de la península Ibérica, y de forma específica el territorio musulmán, aunque los textos árabes usaron alguna vez Hispania, transcrito en árabe como Išbāniya. Por su parte, los textos cronísticos y documentales latinos de los siglos IX y X aplicaron el nombre de Hispania o Spania a toda la Península Ibérica, reivindicando la denominación romana de Hispania o visigoda de Spania, y así, sin desprenderse de este apelativo posesivo, llamaban a Al-Andalus. A partir del siglo XI, las crónicas latinas denominaban Hispania al territorio andalusí, aún por conquistar, es decir, Al-Andalus, nombre éste que, por el contrario, tardó en utilizarse en textos latinos y romances hasta mediado el siglo XII, con lo cual resulta que, durante las primeras centurias tras la conquista islámica, las fuentes medievales latinas y luego las romances no usaron el nombre de Al-Andalus, sino que llamaron Hispania o Spania a toda la Península Ibérica, tanto al territorio cristiano como el musulmán, todo ello conectado con sus denominaciones latinas, y retrasando así el reconocimiento nominal de Al-Andalus, aunque esto parece requerir análisis más pormenorizados, sobre todo acerca de las distribuciones entre esos apelativos, porque hay referencia al nombre Spania abarcando “(casi) exclusivamente el territorio peninsular gobernado por los árabes. Solo una vez Spania parece designar la península en su conjunto (eso es en toda la extensión de la antigua Hispania goda)” (Martin, 2020: nota 67). No podía ser de otra manera, pues las fuentes textuales latinas, precisamente, reivindicaban como propio el territorio peninsular, empezando por los textos compuestos en el interior de Al-Andalus, como las crónicas cristiano-andalusíes de mediados del siglo VIII y los escritos mozárabes cordobeses. José Antonio Maravall, en su magistral El concepto de España en la Edad Media, sobre todo en su epígrafe “La discutida aplicación del nombre de España al Islam peninsular” (Maravall, 1954: 222-246), planteó el tema esencial del “ser de España”, que implica, entre otros conceptos, el de Al-Andalus. Maravall documentaba sólo desde comienzos del XIII el arabismo “andaluz” para llamar al territorio musulmán antes designado “´la tierra de los moros´ (terra Maurorum), que ya para la Crónica latina de los reyes de Castilla (escrita entre 1223 y 1237) se llama Handalucia” (González Jiménez, 2012: 258-259).

Codex Calixtinus. [Fuente: Wikimedia Commons]

Otras aportaciones (Sirantoine, 2004) evidenciaron que “andaluz” (indeluciis) y “Andaluzia” (Alandaluf) empezaron a usarse en textos latinos desde mediado el siglo XII, cuando en el Codex Calixtinus (c. 1140-1181) aparece tres veces la palabra Alandaluf, y, refiriéndose a las tierras sometidas por Carlomagno, dice que abarcaban “toda la tierra de España, es decir la tierra de Al-Andalus”, no antes documentado en textos latinos para referirse al territorio musulmán de la Península, en general llamado terra maurorum, que era de los sarraceni (árabes) y de los mauri (bereberes), no mencionados como “andalusíes” hasta mediados del siglo XII, recibiendo además una serie de abigarrados apelativos para intimidar por su cantidad: ismaelitae, agareni, moabites, arabi, muzmuti, y otros, marcados por motivadas interpretaciones (Sirantoine, 2019: 225), comparables a los diversos apelativos de “Cómo los musulmanes llamaban a los cristianos hispánicos” (Lapiedra, 1997).

4.3. Al-Andalus: desde el siglo XII en textos latinos; Andalucía, desde el XIII
Ese adelantamiento cronológico de las citas en latín, hasta mediados del siglo XII, nos permite matizar las reservas conceptuales negativas que puede indicar el tardío empleo en textos latinos y romances del nombre de Al-Andalus, al situarlo en circunstancias anteriores a los avances territoriales del XIII, y además nos testimonia otra de las identificaciones de “toda la tierra de España” con Al-Andalus, pero sí que parece un decisivo rechazo, también nominal hacia Al-Andalus, el hecho de que el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada (1170-1247), no utilizara ese arabismo ni sus derivados, sino Vandalia y Vandalis, aunque “debió conocer ambos neologismos –Andalucía y Andaluces–” (González Jiménez, 2012: 258).

La terminología empleada, con sus representaciones mentales e ideológicas, permite captar aceptaciones o rechazos de los conceptos implicados, y en este caso mostrar el rechazo también nominal de Al-Andalus que manifestaba el insigne Jiménez de Rada, prefiriendo basarse y citar la llamada Crónica del moro Rasis, como ha analizado Alice Carette (2006: 127), en un notable artículo sobre el trasvase desde la “Bética” a “Andalucía”, desde cuyo mismo título, “De la Bétique à l’Andalousie: trace toponymique et fiction étymologique dans l’historiographie médiévale de la péninsule ibérique”, apunta lo que pudo haber en la historiografía medieval de mitos etimológicos, y contextualiza la versión aproximada y ficticia de Al-Andalus por Vandalia, en De Rebus Hispaniæ del arzobispo.

Además, el nombre de Al-Andalus ha permanecido como Andalucía, apelativo que empezó a aplicarse y luego a extenderse desde la conquista castellana del valle del Guadalquivir por Fernando III, desde mediados del siglo XIII, como se ha documentado con precisión (Ladero Quesada, 1979; 1981; 1988; González Jiménez, 2010; 2012). Sin embargo, a partir del nexo nominal Andalucía < Al-Andalus, varios ideólogos y políticos nacionalistas han procurado identificar rasgos esencialistas andalusíes que definirían lo andaluz con un marcado ingrediente andalusí (González Alcantud, 2020), y fundamentarían un andalucismo político (desde el siglo XIX, con propuestas federalistas, regionalistas y nacionalistas), de un andalucismo histórico, y de un andalucismo islamizante, desde finales de la década de 1970. En estas aspiraciones se asientan propuestas como las político-culturales de Blas Infante (1910-1936), “padre de la patria andaluza” (así, en el Preámbulo del Estatuto de Autonomía para Andalucía), e idealizador de Al-Andalus (Esquerrá, 2014), o como las disquisiciones aberrantes de Ignacio Olagüe, propugnando que “los árabes nunca invadieron España”, desencadenando adhesiones y, afortunadamente, también razonadas refutaciones, empezando por la contundente de Pierre Guichard (1974). No podemos extendernos aquí sobre estas consideraciones que indican la complejidad del concepto de Al-Andalus, con la proyección y la bifurcación de sus interpretaciones, entre la Historia y los variados mitos (Tolan, 2002; Fierro, 2009; Rodríguez Mediano, 2020; Fierro y García Sanjuán, eds., 2020; Torrecilla, 2020).

4.4.Al-Andalus: límites cambiantes y entidad
Volvamos al contenido territorial peninsular completo de Al-Andalus también señalado en los textos árabes, explicado además por los geógrafos árabes, y derivado de las antiguas extensiones de Hispania; así, el geógrafo al-Idrīsī (m. 1165-1166) insistirá (1988: 113-114):

Al-Andalus se extiende desde la Iglesia de los Cuervos (Cabo de San Vicente), situada sobre el Océano, hasta el monte (llamado el) templo de Venus (Port Vendres), midiendo 1100 millas; y en lo ancho, desde la iglesia de Santiago, situada en un cabo del mar de los ingleses, hasta Almería, que se halla en el Mediterráneo, mide 600 millas…. La península de Al-Andalus está dividida en su mitad, a todo lo largo, por un extenso monte llamado ‘Las Sierras’ (al-Šārrāt), al sur del cual se halla la ciudad de Toledo, centro de todo el país de Al-Andalus…. Lo que está al sur de los montes llamados ‘Las Sierras’ se denomina Išbāniya, y lo del norte Castilla (Qaštālla), siendo Toledo, actualmente, la residencia del soberano cristiano de los castellanos”.

Y al-Idrīsī continúa con la descripción de la parte de “Al-Andalus denominada Išbāniya”, es decir, el territorio musulmán, teniendo que compaginar, en su peculiar cuadro descriptivo, la habitual denominación árabe de Al-Andalus, aplicada al conjunto peninsular, con la realidad de las pérdidas del territorio musulmán, territorio que para la mayoría de las designaciones habituales de los textos árabes es específicamente “Al-Andalus”, denominación que se iba restringiendo en extensión hasta llegar a su reducción final del reino nazarí de Granada, que siguió llamándose Al-Andalus (Vallvé, 1997: 77), lo cual testifica la perduración de contenidos políticos, religiosos, culturales y otros, en este nombre, más allá de sus referencias territoriales.

Durante ocho siglos (711-1492), hubo un territorio andalusí, donde se manifestó su soberanía, confrontada al territorio y las soberanías cristianas, que en la península Ibérica ocasionó una disminución progresiva de los espacios de Al-Andalus hasta la conquista por los Reyes Católicos de su último reino, el de los emires nazaríes de Granada. Este territorio andalusí es un espacio que, primero, procede del de Hispania o Spania, y acaba pasando a ser España, o Portugal, por su lado. Este territorio andalusí es, pues, el espacio de dos transferencias: de lo preislámico a lo postislámico, a todo lo cual no debe aplicarse una tajante disyuntiva de ruptura o de continuidad, sino precisando las variantes locales, de contenido y cronológicas, resultando que este territorio andalusí, situado entre ambas transferencias, queda relacionado sucesivamente con Hispania/Spania y con España, frente a cuyas respectivas entidades fue Al-Andalus en ocasiones considerado como una aleve injerencia, sin que las gentes de Al-Andalus desarrollaran una ideología posesoria de la península Ibérica tan actuante como la que impulsó y justificó la Reconquista.

Los andalusíes tuvieron conciencia de su entidad, como expresaron en sus escritos, donde manifestaron su anhelo por recuperar el territorio perdido, y amaron su Al-Andalus y presumieron de él en numerosos textos (Guichard, 1998; Viguera, 2001); así, el visir granadino Ibn al-Jaṭīb, ya en el siglo XIV, pondera sobre todas las demás “estas tierras andalusíes”, las mejores del mundo “en belleza y vegetación, en extensión y bienes, en construcciones y fortalezas, en gentes y animales, en carácter y manera de ser, en costumbres y vestido, en nobleza e inteligencia, en industrias y minas, en coraje y ardor, en refinamiento y gracia” (Granja, 1981: 94).

5. Para concluir
Como extremo del territorio musulmán y frente a los rūm wa-qūṭ (“romanos y godos”), como llamó en sugerente alegoría el antólogo Ibn Bassām a los cristianos, en el siglo XII, fue Al-Andalus una de las primeras excepciones de conciencia identitaria dentro del conjunto araboislámico, por el designio de su dinastía omeya. Y su identidad cristalizó, como también la de España, frente a la Reconquista, cuyas presiones los andalusíes conocieron tanto en hechos decisivos como en directas manifestaciones y reclamos.

Desde una doble comparación, con los cristianos peninsulares y con sus correligionarios de otros espacios islámicos, puede calificarse de extremado el anquilosamiento, que, desde el siglo XI, muestran las reacciones ideológicas e institucionales de los andalusíes ante las presiones reconquistadoras. Los cristianos llegaron a establecer una ideología reconquistadora de su legitimación territorial, frente a los andalusíes, sin que en las fuentes consten sus contraargumentos, aunque formalizaron su posesión por su conquista inicial.

6. Fuentes y bibliografía

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